1/5/15

DESARROLLO DE LA PROACTIVIDAD

Edward Pinilla
Hacia los años 70, el psicólogo norteamericano Walter Mischel, de la universidad de Stanford, hizo un experimento con 40 niños  de 4 años de edad, para medir su nivel de reacción frente al estímulo de un superior.  Les dijo que se iba a ausentar varios minutos, para aquel que esperara hasta que él llegará le daría 2 golosinas, pero el que no pudiera esperar podría tomar un solo confite al que tenía derecho, que estaba sobre la mesa.

Una cámara de video registró la reacción de los infantes. Varios no resistieron y tomaron su dulce, pero otros decidieron esperar a que llegara el maestro y les diera su obsequio doble. Los chicos que esperaron, que fueron pocos, se les hizo seguimiento hasta una edad adulta. Los científicos comprobaron que eran productivos, exitosos y proactivos.

La proactividad se relaciona con la conducta y por lo general se adquiere mediante el aprendizaje. No tiene nada que ver con la genética, no se porta en los genes.  Es desarrollada en el crecimiento, incluso desde la gestación, pues involucra también la inteligencia emocional. Asimismo tiene que ver con el amor propio, pues una buena autoestima hace que el ser humano se  valore y encuentre el sentido a la vida.

La proactividad es un hábito, según lo define Stephen Covey, es el primero de los siete hábitos de la gente altamente efectiva. Se relaciona con la manera como vemos al mundo y su realidad. Esta es determinada por la mirada interior, como te ves a ti mismo. No se relaciona solamente con tomar la iniciativa en cualquier aspecto o labor de nuestra vida, va mucho más allá, involucra la responsabilidad, que en términos generales es responder de manera voluntaria por tus propios actos, sin que tus decisiones afecten la vida de otras personas, ni la naturaleza.

La palabra responsabilidad es la diferencia entre una persona proactiva y una reactiva, se refiere a responder con habilidad  por nuestras decisiones, de manera asertiva. Una persona proactiva es consciente de sus actos, sabe que ella misma tiene en sus manos la opción de hacer que las cosas sucedan y no esperar a que ellas sucedan.

Por el contrario, un reactivo,  busca excusas en el exterior de algo que le sale mal. Es consciente de su papel, sin embargo, no toma la iniciativa para hacer que eso suceda con sus propios esfuerzos. Por el contrario se vale de la ayuda de otros para hacer lo que a él o ella les corresponde. Cuando las cosas salen mal, siempre busca culpables, o apela a excusas para justificar su mediocridad. Podríamos decir que un reactivo es una víctima a la que todo el mundo quiere engañar o hacer el mal. Su mirada es siempre negativa y por lo general contagia a quienes están a su alrededor de sus estados de ánimo pesimistas.

Un proactivo entiende que entre el estímulo y la respuesta, existe la opción de elegir. Cuando se elige bien se toma la iniciativa en los hechos, por el contrario cuando ignoramos esta alternativa, nos convertimos en reactivos, personas que se ven afectadas por las circunstancias.

Según  Covey la elección correcta requiere autoconsciencia, voluntad independiente, imaginación y conciencia  moral.  La fuerza que motiva a los proactivos  está marcada por los valores. Esos pilares que le dan sentido a la vida, que hacen creer en las posibilidades de remontarse alto, esos que fueron enseñados y transmitidos por los primeros maestros en la infancia, los padres. La ausencia de ellos causa, caos, incertidumbre, desconfianza y fracaso.

Como dijo Nelson Mandela, quien luego de más de 20 años en una prisión entendió que si quería la libertad, debía empezar por sí mismo, perdonando y amando a sus carceleros. Siete años más tarde obtuvo su libertad, que la enseñó y practicó para hacer de Sudáfrica un país libre, llamando incluso a hacer parte de las transformaciones sociales de ese país africano a quienes sometieron durante años a su pueblo.

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